Uruguayas

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lunes, 12 de junio de 2023

Texto literario y texto no literario sobre una planta aromática: la menta


Texto no literario




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Texto literario


 La menta del mundo


En el reino  vegetal

hay plantas que se dominan

por su agradable aroma

terminan en la cocina.



De todas ellas la menta

se saborea con frescura,

en tortas, postres y helados

se combina con dulzura.


Gotas verdes aromáticas

que tranquilizan la mente.

Delicadas hojas frágiles

que crecen constantemente


Grupo 9no B





viernes, 4 de abril de 2014

Decálogo del perfecto cuentista

I
Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino
.
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Horacio Quiroga
(1979-1937)

miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL HOMBRE PÁLIDO



            Todo el día estuvo toldado el sol, y las nubes, negruzcas, inmóviles en el cielo, parecían apretar el aire, haciéndolo pesado, bochornoso, cansador.
            A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, aquéllas aflojaron y el agua empezó a caer con rabia, con furia casi; como si le dieran asco las cosas feas del mundo y quisiera borrarlo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos.
            Cada bicho escapó a su cueva. La hacienda, no teniendo ni eso, daba el anca al viento y buscaba refugio debajo de algún árbol, en cuyas ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de paja y de pluma.
            En el rancho de Tiburcio estaban solas Carmen, su mujer y Elvira, su hija. El capataz de tropa de don Clemente Farías, había marchado para “adentro” hacía una semana. En la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro hacia el lado del camino. Se asomó la muchacha y vio a un hombre desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como trapo por el aguacero.
-¡León! ¡León! ¡Fuera! Entre para acá- gritó Elvira.
-¿Quién es?- preguntó la vieja sin dejar de revolver la olla de mazamorra.
-No lo conozco.
            La joven volvió al lado de su madre y quedó expectante.
-Buenas tardes.
Agachándose –la puerta era muy baja-, el hombre entró.
-Buenas. Siéntese. ¿Lo ha derrotado l`agua? Sáquese el poncho y arrimeló al fogón.
-Sí, es mejor. Aquí, no más.
El hombre colgó su poncho negro en un gran clavo cerca del fuego y sacudió el sombrero. Después se sentó en un banco.
-¿Viene de lejos? -curioseó la madre.
-De Belastiquí.
-¿Y va?
-Pa l’estancia’e Molina, en el Arroyo Grande. Pensaba llegar hoy a San José, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansadazo el caballo. Así que si me deja pasar la noche...
-Comodidá no tenemos ... puede traer su recao y dormir aquí, en todo
caso.
-¡Como no!... Estoy acostumbrao.
            La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, lo miraba de reojo. Y cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los golpes del corazón.
Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida en la que se enredaba una negrísima barba que la hacía más blanca, no tenía aspecto para tranquilizar a nadie...
La vieja le interrumpió sus pensamientos diciendo:
-A ver, aprontá un mate.
            Y siguió revolviendo la mazamorra, mientras daba conversación al forastero, que acariciaba el perro y retiraba la mano cuando éste rezongaba desconfiado de tanto mimo.
Elvira tiró la yerba vieja, puso nueva, le hizo absorber primero un poco de agua tibia para que se hinchara sin quemarse. En seguida, ofreció el mate al desconocido. Este la miró a los ojos y ella los bajó, trémula de susto. No sabía porqué. Muchas veces habían llegado así, de pronto, gente de otros pagos que dormían allí y al otro día se iban. Pero esa nochecita, con los ruidos de los truenos y la lluvia, con la soledad, con muchas cosas, tenía un tremendo miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas.
Se dio cuenta de que él la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha...
            ¡Oh, sí!, había que cansar muchos caballos para encontrar otra tan linda. Brillante y negro el pelo, lo abría al medio una raya y caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Tenía unos labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como plumón, se aparecía por el escote y la dejaban también ver las mangas cortas del vestido. El pecho abultadito, lindo pecho de torcaza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas que se adivinaban bien formadas bajo la pollera ligera; toda ella producía unas ansias extraña en quien la miraba, entreveradas ansias de caer de rodillas, de cazarla del pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas... ¡yo qué sé!, una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan real, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones...
            Embebecido cada vez más en la contemplación, el hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada. Entonces, algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al tenerla para recibir o entregar el mate.
            Elvira iba entre tanto poniendo la mesa. Luego, los tres se sentaron silenciosos a comer. Concluída la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la cocina y se sentó a esperar que hicieran la lidia jugando con el perro, con León que, por una presa tirada al cenar, había perdido la desconfianza y estaba íntimo con el desconocido.
-¡Mesmo qu`el hombre!- pensó éste. Y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Elvira.
            Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tornar con unas cobijas.
-Su poncho no se ha secao. Hasta mañana, si Dios quiere.
-Se agradece.
-¡Buenas noches!- deseó la muchacha cruzando ligero a su lado con la cabeza baja.
-Buenas.
            Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz...Todo fue envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar.
            El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas con el perro y sopló el candil.
            El fogón, mal apagado, quedó brillando.

II

            Un rato después se empezó a oír la respiración ruidosa y regular de la vieja. Pero en la cama de Elvira no había caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún peligro no la agarrara en el sueño, y su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas... De cuando en cuando rezaba un Ave María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama.
            A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No sintió nadita. Y aquel silencio, después de aquel ruido, la asustaba más aún. No sentía nadita, pero en su imaginación veía al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina... y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frío y percibía más claramente el ruido de la lluvia...
            En efecto: el hombre, que se echó no más, sobre el recado, se había levantado, lo llevó otra vez a la enramada y, después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba en la frente. Por eso avanzaba con la cabeza gacha.
            Otro hombre le salió al encuentro, el poncho y el sombrero hecho sopa. Era un negro.
-¿Están las mujeres solas?- preguntó ansioso.
Sombrío el otro respondió:
-Sí
-La plata tiene qu`estar en algún lao. Empecemos.
-No. No empezamos.
-¿Qué hay?
-Hay que yo no quiero.
-¿Qué no querés?
- Sí, que no quiero.
- ¿Pero estás loco?
-Peor pa mí si m`enloquecí. Pero ya te dije. Vamonós p`atrás.
-¿El qué?
-No hay qué que te valga. Como siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y aquí, menos.
-¡Hum! Si te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el angelito.
-Nadie habla aquí de bondá. Digo que no se me antoja y se acabó.
-Peor pa vos. Iré yo solo. ¡Que tanto amolar por dos mujeres!
-Es que vos tampoco vas a ir.
-¿Desde cuando es mi tutor el que habla?
-Desde que tengo la tutora- bramó el interpelado tanteándose la daga.
-¡Ah! ¿Querés peliar? ¡Me lo hubieras dicho antes! Seguramente ya habrás hecho la cosa y quedrás la plata pa vos solo. Pero no te veo uñas, mi querido.
Venite no más- y desenvainó su cuchillo.
-¡Callate, negro de los diablos!- rugió el otro yéndosele arriba.
            A la luz de los relámpagos, entre los charcos, los dos hombres se tiraban a partir. El de la barba negra, medio recogido el poncho con la mano izquierda, fue haciendo un círculo para ponerse de espaldas a la lluvia. Comprendiendo el juego, el negro dio un salto. Pero se resbaló y se fue del lomo. El otro esperó a que se enderezara y lo atropelló. La daga, entrando de abajo a arriba, le abrió el vientre y se le hundió en el tórax.
-¡Jesús, mama!- exclamó el negro.
Fue lo único que dijo. La muerte le tapó la boca.
El otro, en las mismas ropas del difunto limpió su daga. Después enderezó chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito.
-¡Pucha que había sido cargoso el negro!- murmuraba- ¡Le decía que no, y el que sí, y yo que no, y dale! ¡Estaba emperrao!...
La lluvia, gruesa, helada, seguía cayendo.
Francisco Espínola

sábado, 19 de noviembre de 2011

Texto para 3er año

Temas para la prueba:
  • Estructuras sintácticas.
  • Funciones sintácticas.
  • Tipos de enunciados.
  • Tipos de oraciones subordinadas.
  • El verbo. Tiempos verbales. Morfemas.
  • Verbos copulativos. El atributo.
  • El complemento atributivo.
  • La voz pasiva perifrástica.
CONTACTO CON LA NATURALEZA:
EL ATAQUE DE LOS CHIMANGOS

                Una sombra se movió rápidamente en el piso. Sentí el aleteo. Después las garras afiladas arañando el cuero cabelludo. Parálisis total. El miedo anula el pensamiento… ¿Qué mierda está pasando? Instintivamente me agaché y atiné a revolear el portafolio. El chimango esquivó con facilidad el golpe y volvió a atacar. Pude ver mi cara, la cara del miedo, reflejándose en dos pequeños ojos. El grito penetrante del pájaro puso audio a la escena. Adrenalina.
                Trabajaba como docente en una Escuela Agraria. Caminaba por una vía angosta que se pierde paso a paso, entre las piernas de la naturaleza que lo invade todo. La naturaleza aguarda agazapada en los bordes del camino, bastaría un solo día de descuido para que recupere el diminuto tajo que el hombre ha abierto. Y yo, el único representante de la especie humana, cargando con una cultura urbana, absurda y obsoleta en mi portafolio. Los pastos se estiran para rozarme. Silbo, busco se me confunda con un ave, trato de apurar el paso. El camino se estira.
                Las piernas empezaron a correr solas, los chimangos eran dos, ¿un casal? Repasé en la huida los documentales sobre aves. “La Tierra en que vivimos” debía ahora servirme de algo… Pude comparar el ataque de los chimangos con aviones de las Segunda Guerra Mundial (soy profesor de Historia). La comparación no sirvió de nada. Los chimangos estaban venciendo años de formación docente, años de investigación histórica (no mía, claro está)… por suerte las piernas seguían corriendo.

                El ómnibus paró, me depositó en el umbral del camino y salió huyendo. Calcé el portafolio en el hombro. La Escuela al final de camino. Me gustaría teletransportarme directamente al salón de clases. Me gustaría ser invisible. Comencé a caminar, mis pasos, contrario a lo deseado, retumbaban en el piso. Me delataban.
                El grito del chimango me heló, salió como un demonio alado desde un espinillo, una velocidad increíble, era enorme, mucho más grande que en el primer ataque, era un águila, un cóndor… ¡Un pterodáctilo emplumado! Cientos de garras y picos, sus gritos se inyectaban hasta lo profundo de mis células. Tomé un palo (hubiese deseado tener una ametralladora, un tanque, misiles antiaéreos). Tenía solo un triste palo. La lucha fue una ficción, opuse resistencia solo por una cuestión de orgullo herido. ¿Dónde estaba la raza humana, la especie superior del planeta para ayudarme? Vencido volví a la ruta. Ya a salvo arrojé una pedrada al vacío… me pareció ver la burla en la cara de una vaca.
                Resolví investigar el asunto, debía conocer con profundidad mi enemigo. Recurrí al orgullo de mi especie: La Internet. Luego de cinco minutos había luz sobre los demonios: no podía ser otra cosa, los chimangos tenían pichones, esa era la razón de su actitud agresiva. Los pájaros eran papás. Con esa información elaboré una estrategia…
                Bajé del ómnibus, ya no hedía a miedo como la última vez, saqué del portafolio un tupper con lombrices y un paquete de pañales de la talla más chica que pude encontrar. Los dejé al lado del camino como una ofrenda y me retiré.
                Caminé ansioso pero guardando la compostura, llegando al punto crítico del camino sentí el miedo que no había desaparecido por completo… una sombra en el piso… frenética. Dejé de respirar. Era solo una paloma. Seguí caminando, no podía distinguir el ruido de mis pasos del de mi corazón. Llegué al espinillo. Pude ver al chimango macho recostado a una rama. Él también me miraba. Ya no vi a un demonio emplumado. Vi a un señor de camisa de tartán fumando tabaco. En sus ojos ya no estaba la promesa de la muerte, ese lugar lo ocupaba la preocupación de un proletario por mantener a sus hijos. No estábamos tan lejos en la cadena evolutiva. Detrás estaba la hembra alimentando a los pichones. Levantó un poco la vista y creí percibir algo parecido a la vergüenza. Dicté clases.
                La relación con la familia Chimango cambió a partir de aquellos sucesos, hemos guardado la distancia entre especies, es decir: no hemos tomado mates juntos, ni hemos salido a sobrevolar los campos. Ayer hablé por primera vez con Héctor. No somos tan distintos. Me comentó que por el momento no piensa mudarse a la ciudad, pero tal vez cuando los hijos
 Tengan que estudiar las cosas cambien (sueña para su descendencia un futuro mejor que el de un obrero).
_Pero tenés la Escuela Agraria, Héctor.-le dije. Puso cara fea.
_No te ofendas, pero no creo en “El país agro inteligente”-contestó. Cortamos la conversación por ahí.
                El hombre lucha por eliminar todos los indicios, todas las pruebas que delaten su naturaleza de animal, de perro bípedo, todo mientras evita recordar que sabe que se va a morir. El resto de los animales vive como dioses inmortales, solo por esto es que existen la poesía y las empresas fúnebres, y es solo por esto que esta crónica pueda reputarse de inverosímil.

Renzo Lafón

Sobre el autor
Profesor de historia, escritor, pintor, músico y mago amateur. Renzo Javier Lafón Solano nació el 28 de octubre de 1984 en la ciudad de Dolores. En esta ciudad realizó sus estudios primarios y secundarios. A los 18 años ingresó al Centro Regional de Profesores del Suoreste en Colonia del Sacramento, de donde egresó en 2008 como profesor de Historia. Aunque nómade (vive entre Colonia y Dolores) ha dejado de practicar la recolección y la caza hace varias épocas.  Este texto forma parte de su primera publicación “La caída de la Unión Soviética y otros engaños”. Cuentan que los trabajos que se reúnen en esta obra fueron encontrados en una capilla abandonada en circunstancias que no han sido aclaradas.

lunes, 14 de noviembre de 2011

VERBO


Este video forma parte de la banda sonora de la película homónima estrenada en España el 4 de noviembre de 2011.
Sinopsis: Sara, una adolescente del extrarradio de cualquier ciudad con una familia aparentemente normal, emprende un viaje desde ese hábitat tan desarraigado en busca de información y respuestas que su entorno no le da.

En este viaje iniciático a un universo paralelo con zonas oscuras, tendrá mucho que ver con lo onírico y la fantasía, donde algo muy importante estará en juego; Sara se topa con personajes con otros códigos, que ejercerán de mentores, cómplices, y guiarán su aprendizaje. Por más información ingresa al siguiente link http://www.verbolapelicula.com/

NachIgnacio Fornés Olmo, inicialmente conocido como Nach Scratch y actualmente conocido como Nach, es el nombre de un MC alicantino (Comunidad Valenciana, España). Nació enAlbacete el día 1 de octubre de 1974 aunque creció en Alicante. Actualmente es uno de los raperos más veteranos y populares de la escena española. Es licenciado en Sociología por laUniversidad de Alicante.

ACTIVIDAD

1) Extrae de la letra de la canción todos los verbos conjugados. Ten en cuenta que contando los repetidos hay 91.
2) Escribe con tus palabras de qué trata la canción y realiza un comentario al respecto.

Milonga de pelo largo



Gastón “Dino” Ciarlo (n. 30 de setiembre de 1945, Montevideo), cantante, guitarrista y compositor uruguayo. También conocido como “Dino”, desde sus inicios artísticos en 1960 ha cultivado una notable carrera musical, integrando diferentes grupos de música beat, de candombe o de rock, así como su larga trayectoria solista. Su trayectoria a lo largo de más de 40 años en el plano cultural uruguayo, lo convierten en uno de los referentes más importantes de la música popular de ese país.
Los temas de Dino han sido interpretados por los más importantes exponentes de nuestra música y de los más diferentes estilos, desde Alfredo Zitarrosa, Pablo Estramín o Mauricio Ubal, hasta grupos de rock como Niquel o La Trampa.
En la década del 70 y con la banda Montevideo Blues graba la emblemática canción “Milonga de pelo largo”.
Milonga de Pelo Largo es uno de los temas más conocidos y representativos de la música popular uruguaya. Apesadumbrado y triste; representativo de una faceta de nuestra cultura, manifiesta a través de la música, la literatura y el cine.

Letra

Milonga de pelo largo de ojos oscuros
como la noche,
como la noche
Historia de penas grandes de gente joven
de penas viejas
de veinte años

Consuelo de los que viven siempre arrastrados
por la rutina,
qué cosa seria
Recuerdo de los que huyen de nuestra tierra
de la violencia,
de la miseria

Te ofrezco mis margaritas que estan vacías
que están marchitas
que ya están secas

te doy todas las renuncias de cosas simples
que llevo hechas
que llevo hechas

milonga mi compañera que me comprende

que me protege
que me abriga

Frazada del pobre hombre
que siente frío
y no se queja
ya no se queja..

eeey eyyy eeyyy 
eeyyy eyyy eyyy,
(bis)

Gastón “Dino” Ciarlo


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Sala de espera

 Costa y Wright roban una casa. Costa asesina a Wright y se queda
con la valija llena de joyas y dinero. Va a la esta­ción para escaparse
en el primer tren.  En la sala de espera una señora se le sienta a la
izquierda y le da conversación. Fastidiado, Costa finge con un bostezo
que tiene sueño y que se dispone a dormir, pero oye que la señora, como
si no se hubiera dado cuenta, sigue conversando.  Abre en­tonces los ojos
y ve, sentado, a la derecha, el fantasma  de Wright.  La senora atraviesa a
Costa de lado a lado con su mirada y dirige su charla al fantasma, quien
contesta con gestos de simpatía.  Cuando llega el tren Costa quiere
le­vantarse, pero no puede.  Está paralizado, mudo; y observa atónito cómo
el fantasma agarra tranquilamente la valija y se aleja con la señora hacia el
andén, ahora hablando y riéndose.  Suben y el tren parte. Costa los sigue
con la vista. Viene un peón y se pone a limpiar la sala de espera, que ha
quedado completamente desierta.  Pasa la aspira­dora por el asiento donde
está Costa, invisible.

Enrique Anderson Imbert
(publicado en EI gato de Cheshire, 1965)

lunes, 22 de agosto de 2011

Poema


COMUNIÓN PLENARIA

Los nervios se me adhieren
al barro, a las paredes,
abrazan los ramajes,
penetran en la tierra,
se esparcen por el aire,
hasta alcanzar el cielo.

El mármol, los caballos
tienen mis propias venas.
Cualquier dolor lastima
mi carne, mi esqueleto.
¡Las veces que me he muerto
al ver matar un toro!...

Si diviso una nube
debo emprender el vuelo.
Si una mujer se acuesta
yo me acuesto con ella.
Cuántas veces me he dicho:
¿Seré yo esa piedra?

Nunca sigo un cadáver
sin quedarme a su lado.
Cuando ponen un huevo,
yo también cacareo.
Basta que alguien me piense
para ser un recuerdo.

Oliverio Girondo
De “Persuasión de los días”

martes, 21 de junio de 2011

Teatro del 900

Florencio Sánchez - El desalojo

El desalojo
PersonajesENCARGADA
VECINA 1ª
VECINA 2ª
INVÁLIDO
GENARO
JUAN
INDALECIA
CHICOS
UNA NENA
PERIODISTA
FOTÓGRAFO
VECINO
COMISARIO

Escena I

ENCARGADA. -(Saliendo de una de las habitaciones.) Ya sabe, ¿eh? Bueno; que non se le orvide. Son cansada de esperar que hoy e que mañana e que de aquí a un rato...

VECINA 1ª. -¿Qué le hemos de hacer? ¡Cuando no se puede, no se puede!

ENCARGADA. -Antonce no se arquila los cuartos, ¿sabe? ¿Se ha pensao que estamo en una república, aquí?... L'arquiler es lo primero.

VECINA 1ª. -¡Bueno, bueno!... ¡Basta! ¡No precisa hablar tanto!

ENCARGADA. -Eso digo yo. Non precisa hablar tanto. A la fin de mes se paga e nos quedamos todos callao la boca... (Alejándose.) Sí, señor. E non precisa tanto orgullo... Se quieren vivir de arriba, se compra el palacio del congreso, ¿sabe? ¡en la calle Entre Ríos!... (Tropieza con un mueble.) ¡Ay!... ¡Dío!...

VECINA 1ª. -(Aparte.) ¡No haberte roto algo!...

ENCARGADA. -¡Ay!... ¡Madona Santísima!... ¡Uiii!... (Golpea el mueble con rabia, volviéndose a INDALECIA.) ¿Y osté también se ha pensao tener todo el año esto cachivache ner patio?... Non tiene vergüenza...

INDALECIA. -¡Pero, señora...! Si yo...

ENCARGADA. -¡Un corno! Se le hubiesen tirao esta porquería de muebla a la calle, non estaría tanto tiempo sen buscar pieza. Parece mentira. (Quejándose.) ¡Ay, ay, ay!...

VECINA 2ª. -(Aproximándose.) ¿Se lastimó mucho, señora?...

ENCARGADA. -¡Qué sé yo!... Un gorpe tremendo.

VECINA 2ª. -¡A ver! Esos golpes saben ser malos...

VECINA 1ª. -(Burlona.) ¡Ah!... Se le puede formar un cáncer... Llamen a la Asistencia...

ENCARGADA. -Mire, mire, doña Francisca. Venga. (Se oculta detrás de los muebles para enseñarle la
pierna lastimada. Dos inquilinos que salen rumbo a la calle, se detienen a mirar.)

VECINA 2ª. -¡Ay, qué temeridad!...

ENCARGADA. -Ner mismo güeso... Ve (Viendo a los vecinos.) ¿Y ustedes qué quieren? ¿No tienen nada más que hacer?...

VECINA 2ª. -¡Ave María! ¡Tanta curiosidad!... (Los dos vecinos se alejan riendo.)

VECINA 1ª. -(Deteniéndolos.) Diga, Juan, ¿no sabe si dan baile este sábado los «Adulones del Sur»?

JUAN. -Creo que sí. (Mutis de ambos.)

VECINA 2ª. -Lo que es usted no faltará.

VECINA 1ª. -No estoy invitada. La fiesta es pa ustedes los socios, no más... ¡ja, ja!... (Mutis.)

VECINA 2ª. -¡Dispará no más, comadre!...

ENCARGADA. -¡Déquela!... Non vale la pena...

VECINA 2ª. -Tiene razón. Venga a mi cuarto. Le daré una frotación de aguardiente... Venga...
También, la verdad es que ni se puede caminar en este patio.

ENCARGADA. -Naturalmente. Con toda esta porquería de cachivache adentro...

VECINA 2ª. -Un día, pase; dos, también; pero más, ¡es demasiada pachorra!...

INDALECIA. -(Tristemente.) ¡Ay, señora; ruéguele a Dios que no se vea en nuestro caso!

VECINA 2ª. -¡Pierda cuidado!... Mientras él me dé salú para trabajar, puedo estar tranquila. No ha de ser esta persona quien se quede de brazos cruzados esperando que las cosas caigan del cielo.

ENCARGADA. -Eso, eso digo yo. Mire, doña Indalecia; crea que no lo hago de gusto, porque el buen corazón lo tengo, ¿sabe? Ma non se puede estar estorbando a la quente todo el tiempo...

INDALECIA. -¿Qué debo hacer?... ¿Quieren que me tire al río con todos mis hijos?

VECINA 2ª. -No decimos tanto. Pero... moverse, caminar, buscar trabajo... En este Buenos Aires no falta en qué ganarse la vida.

INDALECIA. -¡Pero señor! Si no he hecho otra cosa que buscar ocupación. Ustedes bien lo saben. Costuras no le dan en el registro a una mujer vieja como yo. Ir a la fábrica no puedo, ni conchavarme, pues tengo que cuidar a mis hijos...

ENCARGADA. -Ma dícame un poco, ¿qué le precisa tener tanto hijos?... Si no hay con qué mantenerlos, se agarran y se dan.

VECINA 2ª. -¿Y los asilos?

VECINA 1ª. -¡Oh!... ¡Eso es muy fácil decirlo!... ¡Pobrecitos!...

ENCARGADA. -Pobrecito, pobrecito, e mientras tanto muerto de hambre como los gatos, robando la comida en casa de lo vecino...

Escena II

GENARO. -(Que ha aparecido momentos antes con un paquete en la mano.) ...Y hacen bien, cuando los vecinos son tan agarrados. ¡Mándesén mudar de aquí!... ¡No tienen vergüenza!... ¡Estar embromando a la pobre mujer!... ¡Bruta gente!...

VECINA 2ª. -¡El terremoto de la Calabria!... Vámonos, señora.

ENCARGADA. -(A GENARO.) Me diga un poco, ¿qué se ha pensao osté? Me diga.

GENARO. -(Rezongando, sin hacerle caso.) ¡Bruta gente! ¡Bruta gente!... (A INDALECIA.) No te aflija. ¿No vino ninguno?...

INDALECIA. -Nadie.

GENARO. -(Se encamina hacia su cuarto, segundo izquierda.)

ENCARGADA. -(Deteniéndolo.) ¡Eh!... Me diga un poco, ¿qué se ha pensao?...

GENARO. -¿Parlate a me?...

ENCARGADA. -(Alterada.) ¡A lei, sí; a lei, a lei! Sí...

GENARO. -(La mira fijo un instante y le hace la mueca característica de los napolitanos. Se va a su cuarto dando un portazo al entrar.)

ENCARGADA. -(Furibunda.) Furbo... ¡Mazcalzone!

VECINA 2ª. -Está borracho el botellero. No le haga caso. Venga.

ENCARGADA. -¡Canaglia!

VECINA 2ª. -Venga a curarse esa pierna. Déjelo.

ENCARGADA. -¡Mazcalzone! (Volviéndose a INDALECIA.) Usté también, ¿qué está compadriando así?... Mañana mismo le hago tirar eso cachivache a la calle... ¡Tanto embromar, también!... (Se va rezongando conducida por la VECINA 2ª.)

Escena III

INDALECIA. -(Deja la costura y se aproxima a la cuna.) Vamos, nena. ¡Arriba!... ¡No se va a pasar durmiendo todo el día!... ¿No?... Entonces u... upa!... (La levanta.) ¿Quiere pancito?... (Saca un mendrugo del bolsillo y se lo da.) Esta noche traerán centavos, bastante plata, y vamos a comer mucho, ¡mucho!... ¿Tiene hambrecita?...

GENARO. -(Reapareciendo con un grueso pan y una navaja en las manos, se acerca a INDALECIA y corta una porción.) Toma... ¡Mangia!...

INDALECIA. -¡Oh!... ¡Para qué se ha incomodado!...

GENARO. -¡Mangia, te digo!... (Saca un bollo de bolsillo y se lo da a la nena.) Mangia vos. ¿Dove sono i ragazzi?

INDALECIA. -No sé. En la calle tal vez...

GENARO. -(Se aproxima a la puerta del foro y llama a voces.) ¡Eh!... ¡Tú!... Vieni. Angue, tú!... (Aparecen tres chicos. GENARO da un trozo de pan a cada uno.) Toma... ¡Mangia... tú, mangia!... ¡Mangia!... (Los muchachos reciben el pan con alborozo y se ponen a comer.)

INDALECIA. -¡Mal agradecidos!... ¿Cómo se dice?...

UNO DE LOS CHICOS. -(A boca llena.) ¡Muchas gracias!...

GENARO. -(Indicándoles la puerta.) ¡Vía! (A INDALECIA.) No hacen falta cumplimientos. Hay hambre, se mangia y se acabó!... (Los chicos hacen mutis. GENARO se sienta en cualquier parte, saca salame del bolsillo y se pone a comer. Pausa.) Estuve en el hospital. Le han hecho la operación a tu marido...

INDALECIA. -¿Cómo?... ¿Otra?...

GENARO. -Naturalmente. (Alzándose.) Toma. Mangia un po de salame.

INDALECIA. -¡Oh!... ¡Me lo van a matar!... (Toma el salame y se lo pasa a la nena.)

GENARO. -(Volviendo a sentarse.) Sería mecor, si ha de quedar paralítico.

INDALECIA. -¡Pobre Daniel!... ¿Habló con él?...

GENARO. -No lo decan ver. No hace falta tampoco... (Pausa.) ¿Qué decía la encargada?

INDALECIA. -¡Oh!... Lo de siempre. Rezongar... Insultarme...

GENARO. -¡Bruta gente!...

INDALECIA. -¡Son tan malos!... Vea: a ella le disculpo, porque, al fin y al cabo, es patrona; pero a las otras, a las demás vecinas... ¡Gente desalmada!... ¡Si fueran más felices o mejores que una, no diría nada, ¡qué diablos! Tendrían derecho. Pero no. Son pobres como yo, tienen hijos como yo, y maridos que trabajan expuestos a que los destroce una máquina o caerse de un andamio, y en vez de pensar un poco que podrían verse en mi caso mañana o pasado, se ponen a la par de la otra para mortificarme. Y todo por adularla, ¡nada más! ¿Usted cree que ha habido uno solo en esta casa capaz de ofrecerme un poco de caldo para la nena? No, señor; prefieren tirar las sobras por el caño...

GENARO. -¡Bruta gente!

INDALECIA. -¡Es lo que más me desconsuela!... (Afligida.) Me dan tantas ganas de llorar... Ver que una no es nadie... Que de repente se queda sola en el mundo, aislada... abandonada de todos... peor que un perro... (Llora.)

GENARO. -¡Ma no!... ¡Ma no!... ¿Qué se gana con afliquirse?... ¡Cállase la boca!... ¡Bruta gente!... Decate de llorar, ¿sabe?... (Se oye un tumulto y gritos afuera.) ¡Viejo loco!... ¡Viejo borracho!... ¡Viejo loco!... (Aparece un grupo de pilluelos, entre ellos los hijos de INDALECIA, acosando a un viejo soldado, inválido de la guerra del Paraguay.)

Escena IV

INVÁLIDO. -(Persiguiendo a los muchachos con el bastón enarbolado.) ¡Mal enseñados!... ¡Con eso van a hacer patria!...

INDALECIA. -¡Tata!...

GENARO. -(A los chicos.) ¡Vía!... ¡Caramba, caramba!...¡Fuori!... ¡Sinvergüenza!... (Los corre.)

INVÁLIDO. -¡Muchas gracias, don!... ¡Parece mentira!...

GENARO. -Son cosas de ragazzi...

INVÁLIDO. -No ve, hombre, a qué extremo hemos llegado. Los gringos tienen que defender a los servidores de la patria. Vea, amigo; aquí ande usté me ve, ¿sabe?, yo soy el cabo Morante, y pregúntele a cualquiera de los que estuvieron en la guerra, si llevo al cuete esta cintita y esta otra...

GENARO. -¡Eh, bueno! ¡Qué le vamo a hacer!

INVÁLIDO. -¿Cómo qué le vamos a hacer? ¡Que lo respeten, canejo! (A INDALECIA.) ¿Cómo te va diendo, m'hija?...

INDALECIA. -Aquí estamos... Y usté, ¿qué hace por acá?...

INVÁLIDO. -A verte, pues... Y así no más me recibís... ¿No digo?... Hasta los hijos son unos ingratos...

GENARO. -¿Ése es su padre?...

INVÁLIDO. -¿Y cómo le va?... Y legítimo, ¿sabes, che, gringo?... Lo que hay es que ya no me va reconociendo...

INDALECIA. -¿Y cómo ha venido a dar conmigo?...

INVÁLIDO. -Por tu desgracia... Esta mañana en el boliche del tuerto Ramos, allá en Palermo, ¿sabes?... y oí que un mocito leía en el diario que te habían desalojao y que levantaban una subscripción pa vos... ¡Pucha, digo, si es m'hija!... ¡Pobre mujer!... ¿Adónde vive?... Calle tal... me dijo el mozo. ¡Vamos a ver a mi Indalecia en la missiadura! Y agarré p'acá... Si en algo puedo servirte, ¿sabes?, aunque manco, no me olvido que sos m'hija...

INDALECIA. -Podías haberte acordado antes...

INVÁLIDO. -¡Qué querés!... Te retobaste; te empeñaste en juir con ese zonzo de tu marido...

INDALECIA. -Bueno; no hablemos de él, ¿eh?...

INVÁLIDO. -No hablemos, si querés. Pero yo te dije que ibas a ser desgraciada con él, y ya ves cómo salió cierto. ¿Se cayó de un andamio, no?...

INDALECIA. -Sí, señor.

INVÁLIDO. -No ve, pues... ¡Cuando yo te lo decía!... ¿Esa nena es tuya?... Venga p'acá, mocita, con su agüelo... (La chica, asustada, se recuesta a la madre.) No, ve, pues... Pucha cómo está el país, amigo gringo... Los nietos no las van con los agüelos... Ya no se respeta la familia ni nada... En nuestro tiempo, había e ver... Y esos otros mocosos, ¿son tuyos también?... Con que ustedes eran los que venían insultando a su agüelo, ¿eh? ¡Ahora van a ver, mocosos!... (Va hacia ellos.)

INDALECIA. -¡Tata!...

GENARO. -(Deteniéndolo.) ¡A ver!... Décate de embromar

INVÁLIDO. -¡Oh!... ¿Y a vos quién te da vela?... Che, Indalecia, ¿éste es otro yerno?... Amigo; podía pagarle el cuarto, cuando menos...

GENARO. -¡Décase de embromar! (Se va a su cuarto.) ¡Bruta gente! ¡Bruta gente!

INVÁLIDO. -Miralo al gringo... Hinchao como un zorrino... (A voces.) ¡Ché, Musolino!...

INDALECIA. -Déjelo, tata. Si ha venido para fastidiar a la gente, podía haberse quedado...

INVÁLIDO. -Bueno, me viá sentar, ya que no invitas... (Se sienta. Pausa.) ¿Te trajieron la plata e la suscrición ya?

INDALECIA. -No, señor.

INVÁLIDO. -Ya sabés: no te puedo ayudar con nada, porque ando muy misio y vivo en el cuartel del 5º; pero si querés, te puedo buscar la pieza pa mudarte. Hoy he visto una en la calle Soler...

INDALECIA. -No se incomode...

INVÁLIDO. -¿Y qué pensás hacer?...

INDALECIA. -No sé. ¡Nada!...

INVÁLIDO. -Esperate un poco. Hay un asilo de güérfanos militares ¿sabés?... Allí... ¡pucha madre!... Si yo no estuviera tan desacreditao con el coronel... le podía pedir una recomendación. (Sale la ENCARGADA.)

INDALECIA. -¿Para qué?

INVÁLIDO. -Pa que metás toda esa colmena de muchachos... ¿Qué vas a hacer con ellos?...

Escena V

ENCARGADA. -Eso es lo que digo yo. Que lo meta nel asilo... No sirve más que pa trabaco...

INVÁLIDO. -Salú, doña...

INDALECIA. -No, señor; no me separo de mis hijos. Si ustedes no tienen corazón, yo lo tengo, y bien puesto...

ENCARGADA. -Ma diga un poco. No es peor que se mueran de hambre de no tener qué comer...

INVÁLIDO. -Ha dicho la verdá. Choque esos cinco. (A INDALECIA.) ¿Quién es ésta, che?...

ENCARGADA. -Sono la encargada de la casa...

INVÁLIDO. -¡Che, che, che!... ¿Y vos la pusiste de patitas en la calle, no?...

ENCARGADA. -Eh... Naturalmente, si no pagaba l'arquiler...

INVÁLIDO. -¿Y todavía te metés a dar consejos?... ¡Ya podés ir tocando de acá, gringa!

ENCARGADA. -¿E osté qué se ha pensao? Yo soy la dueña acá, ¿sabe?...

INVÁLIDO. -¡Qué vas a ser dueña, desgraciada!

ENCARGADA. -Bueno; déquese de embromar... (A INDALECIA.) ¿E osté sa creído que esto e una sala per recibir la visitas?... Haga el favor da sacar de aquí a ese vieco borracho...

INVÁLIDO. -¡Tú madre, gringa el diablo!...

Escena VI

GENARO. -¡Madona del Carmen! ¡Dequen en paz esa pobre muquer!... (Enérgico, tomando por un brazo a la ENCARGADA.) ¡Haga el favor, mándese a mudar de aquí!... ¡Ya!... ¡Ya!... ¡Váyase, porque te rompo la facha!... ¡Caramba!...

ENCARGADA. -(Volviéndose furiosa.)...¡Dío Santo!... ¡Porco!... ¡Canaglia!

GENARO. -(La empuja con violencia.) ¡Fuori!... (Volviéndose al INVÁLIDO.) ¡Usted también; mándese mudar!... ¡Hombre bruto! ¡Gente bruta!...

INVÁLIDO. -¡No me toqués!... ¡No te me acerqués, gringo!... Porque te... (Tumulto. Salen vecinos. La ENCARGADA vocifera.)

INDALECIA. -Sosiéguese, don Genaro...

GENARO. -(Amagándole un sopapo a la ENCARGADA.) ¡Bruta gente!...

INVÁLIDO. -Ladiate, Indalecia, que entuavía puedo con un gringo...

Escena VII

(Aparecen el COMISARIO y el PERIODISTA, seguidos de un grupo de chicos.)

COMISARIO. -¿Qué desorden es éste?... A ver... Sosieguense...

ENCARGADA. -Vea, señor Comisario... Esta canaglia de un botegliero, me ha pegao una trompada tremenda...

INVÁLIDO. -(Cuadrándose.) ¡A la orden, mi jefe!...

GENARO. -(Yéndose a la pieza.) ¡Bruta gente, per Dío!...

ENCARGADA. - No lo deque dir, señor comisario, me ha pegao, me ha pegao, é un senvercuenza!...

COMISARIO. -(A GENARO.) ¡A ver, deténgase!... ¿Qué ha pasado?...

ENCARGADA. -Mire, señor comisario, llévelo preso.

COMISARIO. -Cállese la boca.

INVÁLIDO. -Yo soy testigo, mi comisario. No ha pasao nada, mi comisario... Todo ha sido de boca, no más. ¿Basta la palabra?

COMISARIO. -Bajá la mano no más. A ver... Despejen ustedes un poco...

ENCARGADA. -No, señor comisario...

COMISARIO. -¡Despeje, le he dicho!...

ENCARGADA. -(Se va refunfuñando y antes de desaparecer mira con odio a GENARO y besa la cruz, jurándole venganza.)

COMISARIO. -(A INDALECIA, que está rodeada de sus hijos.) ¿Quién es la dueña de estos muebles?...

INVÁLIDO. -(Indicando a INDALECIA.) Es una servidora... Mi hija...

COMISARIO. -Bien, señora. Yo soy el comisario de la sección, y el señor es un repórter de «La Nación». Hemos sabido que usted se encontraba en esa situación y...

PERIODISTA. -Nuestro diario ha sido el primero en dar la noticia...

INVÁLIDO. -Me costa. ¿No te dije, m'hija, que lo había leído?...

PERIODISTA. -Usted ya sabrá que iniciamos una suscripción en su favor. Vengo a traer lo que se ha recibido hasta hoy. No es mucha cosa, pero le permitirá alquilar una pieza y atender las primeras necesidades...

INVÁLIDO. -Da las gracias, pues, mujer...

PERIODISTA. -Aquí tiene estos sesenta pesos y la lista de las personas que han mandado al diario... Sírvase.

INDALECIA. -(Se echa a llorar estrechando a la nena. Pausa. Emoción. GENARO se seca los ojos con la manga.)

PERIODISTA. -No se aflija, señora. Ya ve usted... Las cosas se remedian. Cálmese. Tome su dinerito...

INVÁLIDO. -¿Sabe que está lindo esto? Cuando te train la salvación te ponés a llorar. Lo hubieses hecho antes. (Toma el dinero y se lo ofrece.) ¡Agarrá y da las gracias, pues!...

LA NENA. -¡Mamita!... ¡Mamita!...

INDALECIA. -(Serenándose.) Está bien... Muchas gracias... No llore, mi nena... No llore... ¿Ve?... Mamita ya no llora tampoco... A ver... Séquese esos ojitos. (Le limpia la cara y le suena los mocos con el delantal.) Sea buenita... ¡Esos hombres son muy buenos! ¡Muchas gracias, señores, muchas gracias!...

PERIODISTA. -El comisario por su parte ha hecho algunas diligencias en su favor... Él le dirá...

COMISARIO. -Es cierto. He conseguido colocarle a sus hijos... ¿Son éstos?... ¿Éste es el mayor?... Bueno, a éste lo mandaremos a la Correccional de menores...

GENARO. -¿Cómo dice, señor comisario?...

COMISARIO. -(Prosiguiendo sin contestarle.) Allí aprenderá un oficio y se hará un hombre útil... Para los demás he conseguido que el asilo...

INDALECIA. -¿Cómo?... ¿Mis hijos?...

COMISARIO. -Sí, señora. Ya está todo dispuesto. La Sociedad de Beneficencia los tomará a su cargo.

INDALECIA. -¡Mis hijos!... ¡No!... ¡No!... ¡No me separo de ellos!... ¡No, señor! ¡De ninguna manera, pobrecitos!... ¡Son míos, son muy buenos!...

COMISARIO. -Señora, comprenda usted que en su caso...

INDALECIA. -¡Mis hijitos! ¡Qué esperanza!... ¡No! ¡Ni lo sueñen!...

GENARO. Natural. Y tiene razón...

COMISARIO. -Retírese usted. ¡Nadie tiene que ver aquí!

GENARO. -No tengo que ver, pero digo la verdad, ¿sabe?...

COMISARIO. -¡Que despeje, le he dicho!...

GENARO. -¡Eh, bueno!... Está bien. Ma es una incustisia... ¡Bruta quente!...

PERIODISTA. -Tiene que resignarse, señora. Es natural que le duela separarse de ellos, pero preferible es que se los mantenga la Sociedad a que mañana tengan que andar rodando por ahí...

INDALECIA. -Tendrá mucha razón, señor. Pero yo no puedo separarme de ellos...

INVÁLIDO. -¡Pero ha visto qué rica cosa!... Es la primera vez que la patria se ocupa de proteger a este viejo servidor, manteniéndole a los nietos, y vos te oponés. No seas mal agradecida, mujer... Mire, amigo, este brazo lo perdí en Estero Bellaco, y aquí en esta pierna tengo otra bala más, ¿sabe? Bueno, y ya ve lo que he ganao... Que mis hijos y mis nietos se vean en este estao. ¿Ahora se acuerdan? Está bien. Hay que agarrar no más... Vale más tarde que nunca, ¿no le parece?...

COMISARIO. -Es natural. Bien señora: tiene usted que resolverse y...

INDALECIA. -No, señor... Estoy bien resuelta. No me separo de mis pobres hijos... No puedo, no puedo... Nunca podría...

INVÁLIDO. -¡Pucha, mujer zonza! No parece hija mía...

COMISARIO. -¿Prefiere usted verlos morirse de hambre o convertidos en unos perdularios?

INDALECIA. -¡No! ¡No!... Ya me han ayudado a tomar pieza. Ahora, demen trabajo sí quieren; demen trabajo, que a mí no me faltan fuerzas, y yo me encargaré de mantenerlos y de educarlos...

GENARO. -Eso, sí está bien dicho...

COMISARIO. -Le he dicho que no se meta usted.

INDALECIA. -Y después, no son míos solamente. ¿Qué cuenta le voy a dar al pobre padre, que tanto los quiere, que se ha desvivido por ellos; qué cuenta le voy a dar cuando salga del hospital?... ¡No! ¡No!... ¡No es posible!... ¡Mis hijitos!...

COMISARIO. -¡Oh!... A ese respecto debe estar tranquila. Su marido está muy mal y difícilmente saldrá del hospital. En todo caso, quedará paralítico...

GENARO. -¡Oh, bruta quente!...

INDALECIA. -(Se echa a llorar.)

Escena VIII

EL FOTÓGRAFO de «Caras y Caretas». -(Al periodista.) Hola, amigo.

PERIODISTA. -¿Cómo le va? ¿Viene a sacar una nota?...

FOTÓGRAFO. -Precisamente. Una linda nota, por lo que veo... ¿Esta es la víctima?...

PERIODISTA. -¿Usted conoce al señor? (Presentándolo.) El comisario de la sección... Un repórter de «Caras y Caretas». (Saludos.)

FOTÓGRAFO. -Llego en un lindo momento. (Al mensajero que lleva los aparatos.) A ver... sacá pronto eso... (Al COMISARIO.) ¡Qué cuadros! ¿no?...

COMISARIO. -Ésos se ven a cada rato... Es una cosa bárbara la miseria que hay... (El FOTÓGRAFO rodeado de pilluelos y vecinos, acomoda la máquina sobre el trípode buscando la luz conveniente.)

FOTÓGRAFO. -Aquí queda bien. Así... (Los vecinos toman colocación frente al foco, tratando de salir en la vista.) Le tomaremos uno así llorando. Es un momento espléndido... (Enfoca.) Ustedes tendrán la bondad de retirarse... Más... Más lejos. (Al INVÁLIDO.) Usted también, retírese...

INVÁLIDO. -Yo soy el padre de ella, pues; ¿por qué vía salir?...

FOTÓGRAFO. -Está bien, disculpe... (Cuando se vuelve, todos se acomodan de nuevo.) He dicho que se retiren...

COMISARIO. -A ver... ¡Despejen!...

FOTÓGRAFO. -Ya les ha de llegar su turno. Pierdan cuidado... Bien... No se muevan... Un momento... Ya estuvo...

INVÁLIDO. -¿He salido bien yo?...

FOTÓGRAFO. -¡Macanudo!... (Al COMISARIO.) Ahora podrían ponerse ustedes. Y si la señora quisiera levantar la cabeza... (A INDALECIA.) ¡Señora!... ¡Señora!...

GENARO. -Métanme preso y hagan lo que quieran... Ma esto es una barbaridá... Mándase mudar... ¡Per Dío!... ¡Qué bruta quente!... Deque tranquila esa pobre muquer... ¡Caramba!... ¡Caramba!...

PERIODISTA. -(Al COMISARIO, que quiere intervenir.) La verdad es que no le falta razón... Sería mejor...

FOTÓGRAFO. -Por mí... La nota importante ya la tengo... (Se pone a empaquetar su aparato.)

INVÁLIDO. -Pero han visto este gringo, ¿qué se ha creído de la familia también?... ¡No faltaba más, hombre!...

COMISARIO. -(A INDALECIA.) Bueno, señora, no se aflija más y resuélvase.

INVÁLIDO. -Déjela. Sí ya está resuelta.

INDALECIA. -¡Mis pobres hijitos!... ¡No es posible!... ¡No puedo, me moriría!...

PERIODISTA. -Piense que es un egoísmo suyo. Por el momento, podrá mantenerlos si trabaja; pero puede ocurrirle que mañana no tenga que darles de comer... Enfermarse... morirse... ¿Qué va a ser de ellos?... Usted no pierde, dándolos al asilo... Los podría ver a menudo... Allí se formarán, aprenderán un oficio...

COMISARIO. -Y mañana serán hombres útiles para usted y para todos...

INVÁLIDO. -¡Claro está!... ¿Preferís verlos en la cárcel por bandidos?...

INDALECIA. -Bueno... Sí... Hagan de mí lo que quieran... ¡Sí!... ¡Sí!... ¡Pobres hijitos míos!...

COMISARIO. -Eso es entrar en razón... Bueno. Con ese dinero alquílese una pieza y mañana véngase por la comisaría con los chicos, que iremos a colocarlos, ¿eh?

PERIODISTA. -¿Nos vamos?... Bien... Adiós, señora. Tranquilícese usted... Sea razonable...

INVÁLIDO. -Da las gracias, pues, y saludá...

PERIODISTA. -Déjela... Le mandaremos por el comisario la plata que se reciba... (Al FOTÓGRAFO.) ¿Salimos?...

FOTÓGRAFO. -Sí, ¿cómo no?... Buenas tardes, señores.

COMISARIO. -(A GENARO.) Y a ver vos si te dejás de andar zonciando... (GENARO le vuelve la espalda.)

INVÁLIDO. -(Al COMISARIO.) Diga, mi jefe... Habrá unos níqueles pal milico viejo...

COMISARIO. -¿Para mamarte, no?...

INVÁLIDO. -¿Qué quiere, pues? Es lo único que me ha dao la patria... Un vicio...

COMISARIO. -(Riéndose.) Tenés razón. Tomá... (Mutis. Los muchachos y vecinos salen también detrás.)

INVÁLIDO. -(Volviéndose a INDALECIA.) ¡Che, mi hija!... Hoy no he morfao nada, ¿sabés?... Refílame un nalcito de esos que te dieron...

INDALECIA. -Tome... Tómelos todos... Yo para qué los quiero ahora... (Se abraza sollozando a sus hijos.)

Telón

Florencio Sánchez

Florencio Sánchez (1875-1910) es uno de los integrantes de la generación del 900. Escribió sainetes costumbristas sobre ambientes pobres suburbanos, dramas acerca del conflicto entre la vida rural tradicional y el impacto de la inmigración europea, tragedias, comedias dramáticas y estudios en torno a los conflictos morales y psicológicos de la clase media urbana.
En su vasta producción aparecen representados ambientes, costumbres, personajes y tradiciones típicos del Río de la Plata.
En la mayoría de sus obras -escribió más de veinte- se refiere a la situación social de los más humildes y a las dificultades que deben enfrentar. Es el caso de "El desalojo".